Cuento de terror Carne de presidio


Samuel había sido encontrado culpable y enviado a la penitenciaría estatal, en donde debería cumplir una condena de cinco años por asesinato imprudencial.

El hombre se las arregló para que lo colocaran en una celda en la que no tuviera que estar con nadie más. Día y noche se la pasaba gritando improperios y provocando a los guardias, hasta que el jefe de estos pensó en darle un ultimátum:

– Mira 1987557 (en esa prisión a los presos no se les llamaba por su nombre, sino por el número de su placa) cálmate ya o te va a pesar.

– ¿Qué van hacer, matarme? Aunque el circuito de vigilancia no grave sonido, sus acciones quedarán grabadas y tarde o temprano ustedes también se convertirán en carne de presidio.

– Sólo toma en cuenta que no es una amenaza, sino una promesa. Mencionó el jefe de los celadores mientras caminaba por el pasillo.

Una lluviosa tarde de otoño se escuchó a uno de los vigilantes decir:

– Transfiere al 1745987 a la celda 25 (es decir, a la misma en donde estaba Samuel).

El nuevo compañero del fanfarrón, tenía un aspecto aterrador, propio de los cuentos de terror más atemorizantes. Medía más de 2 m y pesaba unos 160 kilos.

Aquel sujeto tenía los ojos negros, la piel llena de tatuajes y la cabeza sin un solo cabello. De su boca sólo emanaban gruñidos.

Atemorizado Samuel le ofreció a su acompañante que eligiera la cama que más le gustara. Sin embargo, el otro preso sólo lo miro de reojo y se recargó en los barrotes.

Como todos los días, la luz se apagó en el penal y fue en ese instante en el que se empezaron a escuchar fuertes gritos desde la celda de Samuel. Los guardias tardaron más de media hora en aparecer y cuando arribaron, los alaridos de horror habían cesado.

– ¡O no, otra vez! Exclamó riendo uno de los policías.

– Ni modo al 1745987 se le deberán adicionar otros 10 años a su condena, pues los caníbales no son bien vistos por la sociedad. Replicó otro de los celadores.